“Rápido, dribleador, le gustaba recibir patadas”

“No, Juan, no me siento preparado. Además prefiero no ir de relleno”. El muchacho de 19 años no rechazaba una invitación a un asado, a un picado o a una salida a tomar unas cervezas; el botija, que alternaba entre la Reserva y la Primera de Peñarol, se negaba a viajar a una Copa del Mundo. Con esas palabras, Julio César Abbadie le dijo “no” al Maracanazo del 50.

Quedaba un mes para la cita mundialista en Brasil y al DT de la selección uruguaya, Juan López, le faltaba definir un lugar en la lista de convocados. “Uno era orgulloso y pretendía que te llamen de entrada, para jugar”, explica Abbadie, 61 años después en el confortable pero sencillo living de su apartamento en Malvín. “Finalmente fue Morán, salimos campeones del mundo. Me quería morir”, se arrepiente entre risas.

A los 81 años el Pardo, quien prefiere que le digan Negro porque queda menos “ordinario”, se jacta de mantener la misma musculatura e igual peso que cuando hacía maravillas en el césped del Centenario o del Luigi Ferraris, reducto del Génova, su segundo equipo luego de Peñarol. Sin embargo, no siente orgullo de que el juego ya no sea tan parecido. “Antes había más maniobreros, dribleadores, pisadores de pelota. Ahora ya no los veo”. 

De todos modos, aunque se da el lujo de comparar, no le gusta hablar del fútbol de hoy. “Lo que pasa, como uno fue jugador, no puede castigar a Fulano o Sultano. Hay cosas que no se pueden decir”, explica.  Pero remarca que en esa época “había más maniobreros, dribleadores, pisadores de pelota. El público se ponía de pie en las tribunas para aplaudirlo”.

Opta por no opinar del Peñarol de hoy. “Es un equipo que está….”, se ataja y deja inconclusa la frase, pues se dio cuenta de que estaba a punto de cometer un pecado. Tampoco le gusta dar su punto de vista acerca de Messi ni Cristiano Ronaldo, ni siquiera quiere decir cuál, a su entender, es el mejor equipo del mundo.

Aunque hoy ya no vea tantos “maniobreros, dribleadores, pisadores de pelota”, sigue mirando fútbol, porque le encanta. También le encantaría que Peñarol vuelva a ganar la Copa Libertadores. “Es difícil, pero lo creo. Es un juego y a veces va en suerte. Por eso mismo te digo que faltan esa clase de jugadores así que…”. Se vuelve a arrepentir antes de dar una conclusión final. Está más que claro: Abbadie hace esfuerzo para que no se conozca su opinión acerca del fútbol del Siglo XXI.

El Pardo, para mantener su buen estado físico, sale a caminar todas las mañanas por la Rambla de Malvín, que le queda enfrente a su apartamento. Allí, casi a diario, algún que otro manya, de los que peinan canas, se acerca a agradecerle por sus logros en el carbonero. Incluso más de una persona, al verlo, se emocionó hasta las lágrimas. “Para mí es algo hermoso, la Intercontinental del 1966 fue una alegría para todo el pueblo peñarolense. Que la gente aún lo reconozca es increíble”, cuenta con la mirada perdida entre la nostalgia y la realidad que le marca que los años pasan.

“Ese equipo del 66 era durísimo, muy difícil de ganarle. Teníamos una táctica que hoy se usa pero no da resultado porque ya no hay maniobreros, dribleadores, pisadores de pelota. Nosotros esperábamos a todos los equipos en nuestro campo, salvo Joya y Spencer que se paraban en la mitad de la cancha. Nos peloteaban todo el partido pero cuando nosotros agarrábamos la pelota, pum, pum, pum, gol”, analiza.  Así le ganaron a River Plate la recordadísima final de la Libertadores y así le ganaron, en Uruguay y en España, la Intercontinental al Real Madrid. Pero así también le ganaban a los equipos del medio local. No importaba la magnitud del rival, Peñarol siempre jugaba igual, gracias a que contaba con velocistas, como Spencer y Joya, y con “maniobreros, dribleadores, pasadores de pelota”.

Abbadie reconoce que en varias oportunidades se ha despertado en el medio de la noche rememorando la fantástica noche en el Santiago Bernabeú. A pesar de ello, le esquiva al bulto si se le pregunta alguna anécdota particular de aquel 2 a 0 al conjunto campeón de Europa. No sucede eso con el partido final ante River Plate en Santiago.

Recuerda, casi con un orgullo culposo, que en el vestuario luego del primer tiempo, que el team argentino ganó 2 a 0, juntó a sus compañeros y les dijo: “Muchachos, hacemos un gol y se termina el partido. Un gol”. Dicho y hecho. Acerca de la famosa parada de pecho de Carrizo, el arquero millonario, le resta valor. “Fue cierto, pero no todos se enojaron. Spencer si se fastidió mucho, a mi me pareció simplemente una sobrada de alguien sobrador”.

No obstante, según sus palabras, no cree que haya sido ese el mejor equipo de Peñarol que integró. “En la década del 50 también teníamos un muy buen equipo, ganamos tres campeonatos en cuatro años. Estaba entre los mejores de América”.

Nacido en Montevideo pero criado en Pan de Azúcar, donde su padre trabajaba como maestro de pala en una panadería, Abbadie llegó a Peñarol porque lo vieron jugar en su ciudad de residencia. Le ofrecieron una prueba, él quedó “chocho de la vida porque era peñarolense desde siempre” y lo ficharon esa misma tarde. Tenía 17 o 18 años, no lo recuerda. Sin embargo, en una entrevista que se puede ver por internet, cuenta una historia bastante diferente.

Desde Nacional llaman a Ruben, su hermano, también carbonero. Pasó a jugar en las divisiones inferiores y, al tiempo, avisó en el club que tenía un hermano que la rompía. El Pardo practicó pero no pasó la prueba, aunque él piensa que anduvo bien. Un tal Núñez, dueño de un bar en Pan de Azúcar, se enteró de la escapada de Julio César y, al ser “enfermo de Peñarol”, se calentó con él. Por eso, la misma tarde en el que lo dejaron afuera del bolso, lo llevó a practicar a Las Acacias. Al toque lo llevaron a la sede de la calle Maldonado y ahí empezó todo, en la desaparecida Tercera Especial. Allí forjó un jugador “rápido, dribleador y que le gustaba recibir patadas”. Con la camiseta amarilla y negra hizo goles que, entre otras cosas, hicieron llorar de alegría a su padre. “Algo impagable”, acota.

En el 1956, el hombre nacido el 7 de setiembre en Montevideo, viajó a Italia. Allí recaló en el Génova, un equipo que peleaba la permanencia en la Serie A italiana. Gracias a su buen fútbol se ganó el cariño de la Gradinata Nord, la hinchada del club. Abbadie cree que en ese equipo del país de la bota estuvo seis años; en ningún momento recordó que jugó 45 partidos en el Lecco, una institución aún menor, entre el 60 y el 62. En ese año, con los dirigentes genoveses, acordó dejar sin validez una deuda que el club mantenía con él, siempre y cuando le dieran el pase libre para volver a Peñarol, con 32 años. “Si bien sabía que había ganado un par de Libertadores, no me imaginaba salir campeón del mundo con tantos años”, reconoce. Tal es el cariño que le tienen en Italia que lo invitan todos los años a visitar el club. Incluso, cada enero, le mandan su carnet de socio.

Abbadie no sabe dónde está, si es que existe todavía, su camiseta con la que fue campeón de América y del Mundo con Peñarol, tampoco la que usó en el único Mundial en el que defendió a su selección. En realidad, Abbadie no sabe donde está ninguna de las camisetas que vistió en su época de futbolista. Tampoco sus botines, medias, shorts o trofeos. “No me preocupo”. Sí conserva, en cambio, pequeños obsequios que le hicieron una vez que se retiró. Los guarda en una habitación del apartamento que comparte con su mujer, de manera desordenada. Hay diplomas del Génova, de Peñarol (por hacer más de 120 goles en la primera del club) e incluso del Deportivo Maldonado, club de la ciudad homónima en la que vivió durante su niñez.

Él cree que el mejor premio lo recibió en noviembre del año pasado. Lo llamaron desde Pan de Azúcar para avisarle que pretendían ponerle “Julio César Abbadie” al Estadio de fútbol de la ciudad. Fue hasta allá a inaugurarlo, preguntándose por qué él fue el homenajeado.

En el 1954 se sacó la espina y disputó el Mundial de Suiza. “Era para haber sido campeones. Contra Inglaterra, el partido previo a la semifinal con Hungría, se lesionaron Obdulio Varela, Óscar Míguez, él, y un par de jugadores más”. Ese, cuenta Abbadie, fue el motivo principal por el que los húngaros pasaron a la final, aunque admite que verlos jugar era un espectáculo.

También responsabiliza al barro, en la mitológica jugada de Hohberg. El Pardo la recuerda como si hubiera sido ayer. “Le pegó a la pelota cerca del punto de penal, entraba suavecita, pero entraba, hasta que murió en el barro. Todos nos agarrábamos la cabeza”.

A pesar de convertir goles en una final de América y en un Mundial con su selección, Abbadie cree que el tanto más importante y lindo se lo hizo a Cerro, pero no recuerda el año. “Pasé a diez jugadores, me faltó el arquero. Por ahí tengo el recorte del diario. Cada vez que lo veo, me ganan las lágrimas”, admite sin pudor.

A pesar del blanco total de su pelo y de las arrugas, Abbadie no aparenta 81 años. Como él dice, conserva el mismo peso y hasta la misma altura, de no ser por su andar algo encorvado. Dice que el tiempo le pasa rapidísimo y vuelve a su voz ese dejo de nostalgia, ahora mezclada con miedo a ir a visitar a los que ya no están.

Con los que sí están, y fueron compañeros suyos, se siguen juntando de vez en vez, además de llamarse cada tanto. De ellos, de todos, guarda el mejor recuerdo. Abbadie es un agradecido y se nota.

Dice que el cariño de la gente lo enaltece día y día, que le sirve para llegar entero a la noche. Una vez en la cama, se acuesta soñando con volver a ver en una cancha de fútbol a “maniobreros, dribleadores, pisadores de pelota”.

Entrevista de Miguel Méndez (2011)