Consecuencias

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Un lunes de agosto de 2015 amanecimos con una angustia muy similar a la que sentimos en estos días. Peñarol perdía sin transmitir nada y muchos sufríamos por la displicencia que varios representantes del Club demostraban dentro y fuera de la cancha.

En ese momento, un colega en estos menesteres de escribir sobre lo que más amamos canalizaba la impotencia mediante una columna que tituló con la frase “No se dan cuenta”… que vos sos mi vida, como reza la canción. Pueden leerla y repasarla. Aplica como si cualquier hincha hubiese vomitado sus palabras tras la derrota con los suplentes de Huracán, el empate con Sudamérica o el baile que nos dieron en Medellín.

Dada nuestra incondicionalidad, los resultados fueron, son y serán un detonante anecdótico.

Claramente, salvo puntuales excepciones, los destinatarios de tales palabras siguen sin sentirse aludidos. Ni hablemos de reacciones o demostraciones colectivas para cambiar esa imagen.

Sí, quizás sería muy pretencioso de nuestra parte aspirar a que la catarsis de simples socios llegue a manos de los protagonistas, responsables de algunas efímeras alegrías y tantas -ya demasiadas- tristezas.

Pero el disgusto y la desilusión superan límites insospechados. Y el destino nos encuentra, otra vez, tecleando para drenar la ira que produce el saber unas cuantas cosas que están más allá de la pericia de un futbolista a la hora de ejecutar su función.

Así resistimos con alma, mente y cuerpo a ser cómplices de esto y aceptar que podemos habernos acostumbrado a perder.

Porque hace tiempo que las derrotas son muchas más que las victorias. Y no se trata de sensaciones o interpretaciones… es una triste e irrefutable verdad.

A nivel local, los titulares rezan “Perdió Peñarol” porque las asimetrías con los rivales son las que conocemos. En el exterior el respeto por la historia es más cassette que realidad y eso pasa porque, si clasificamos (vale la acotación), las actuaciones están muy alejadas de lo medianamente esperable para un Club con la trayectoria que ostentamos.

Entonces, digo: a Don Peñarol le haría muy bien detenerse a meditar sobre su situación. Pero no puede. Los antecedentes -cada vez más lejanos- lo obligan a continuar, aunque sea tambaleando, sin rumbo ni orientación, hacia un destino desconocido.

Lo que vimos los que fuimos al Centenario, al Campus o al Atanasio Girardot hace unas horas es la fiel representación de la situación real del Club; lo que pasa en el rectángulo verde son consecuencias.

Cada uno es libre de evaluar responsabilidades. Tengo más que claro quién es el máximo culpable pero mi opinión vale el mismo centésimo que la de cualquiera; sea socio vitalicio o de los que se hicieron para no perderse la inauguración del Estadio.

Lo grave está en omitir algo que es evidente y limitar un análisis a las destrezas de los que entran a la cancha.

Atento a las expresiones en medios, foros y redes sociales, hay cuestiones que son de consenso absoluto: la prioridad -lamentable y evidentemente- es el mediocre campeonato uruguayo; el técnico se equivoca con las convocatorias, plantea mal los partidos y le erra feo con las variantes; tenemos un capitán -lesionado- que se comunica por señas (parece mudo) y rinde cada vez menos, un supuesto referente que no ganó nada, camina y se da el lujo de insultar a sus compañeros pero se ofende si alguien de la tribuna lo cuestiona, un tipo que juega por su apellido ilustre al que parece resultarle indiferente ir perdiendo, un plantel enorme plagado de jugadores de cuestionable jerarquía y nula respuesta anímica…

Y en esa apatía indignante transcurre el inoperante Peñarol que parece no tener lugar para valores formados en el Club y con cierta hambre de gloria.

Pero cuidado con quedarse atados a 90, 180, 270 o 360 minutos en los que apenas gritamos un gol y recibimos seis. No nos mintamos con lo visible. Ni el milagro de avanzar a octavos en la Copa va a cambiar una situación general que hace rato dejó de ser circunstancial o una ‘mala racha’.

Consejo-Directivo-PeñarolPara mí y para el Club es mucho peor el desfile de técnicos, el usufructo de los contratistas ante dicha ciclotimia o que los Delegados de Peñarol no vayan a una Asamblea de la AUF (en la que se ‘cocinó’ un respaldo a los arbitrajes y el voto a la presidencia de la FIFA), que un acto de ingenuidad o una mala respuesta de Guruceaga, el desorden táctico o las rabietas de Nández, las patriadas imposibles de Viega o la desidia de Palacios al tirar un pase afuera de la cancha.

A los pibes se los come la vorágine de la tribuna y se consumen en la hoguera de la mediatización de sus acciones; mientras lo otro, que es sensiblemente más importante, muere en el desinterés de quienes -por ignorancia o irresponsabilidad- creen que los partidos se juegan sólo entre los pitazos del ‘cuervo’ de turno.

Sepan que nada es casualidad y mucho de esto es causalidad.

Peñarol es un todo.

Descubrirlo podría ayudarnos a detener la caída libre por este precipicio que parece no tener fin.