Aunque la mona se vista de seda…

En los últimos días de diciembre, con el tricampeonato perdido a manos del tradicional rival a cuestas, se decidió por la contratación de Diego Forlán. El último semestre se había caracterizado por una anarquía total en Los Aromos, y una falta de inteligencia en todos los ámbitos: dirigencia, dirección deportiva, plantel y cuerpo técnico. Del ídolo de la selección uruguaya y ex jugador de Peñarol, convencían su seriedad, su formación intelectual y sus supuestas ideas de fútbol moderno. Hoy, más de ocho meses después, quedó en evidencia que nada de eso era real. Contrataciones dudosas, cambios inexplicables, pensamientos arcaicos, pésimos resultados y una falta de autocrítica absoluta ante las derrotas, se resumen en un fin de ciclo clarísimo. Este lunes 31 de agosto, debe ser su último día al frente del primer equipo de Peñarol.

Muchos me dirán que el problema es mucho más profundo que el director técnico. Sí, estoy totalmente de acuerdo. Soy un firme creyente de que las políticas deportivas de estas últimas dos décadas han sido equivocadas, y que el cambio debe ser de raíz y a todo nivel. Pero una cosa no quita la otra. Diego Forlán no fue una víctima más del mundo Peñarol, sino que rápidamente se plegó a la lista de los culpables, y el contexto de la vida institucional no lo exime de responsabilidades.

Volviendo a aquel lejano diciembre de 2019, en uno de sus primeros días al frente del equipo, solicitó la contratación de Juan Acosta para el lateral derecho. Seamos buenos: es imposible que Forlán supiera de su nivel o carrera deportiva. A los pocos días comenzó el rumor de la incorporación de un volante húngaro, para reemplazar a Walter Gargano, el mejor jugador del fútbol uruguayo. Al ser consultado, esgrimió que al mediocampista lo conocía de sus pasajes por Hong Kong e India, y que le daba los mejores pases cruzados. Hong Kong e India, no tiene remate. Todo se resume en favores a representantes e incorporar amigos. ¿Les suena conocido? ¡Es lo mismo que pasa todos los años!

El período de pases no quedó ahí, por supuesto. Peñarol también incorporó a Robert Herrera, Matías Britos, Denis Olivera, Christian Bravo, Joaquín Piquerez, Gary Kagelmacher, Jonathan Urretaviscaya y David Terans. Más adelante, con el campeonato empezado y ante la notoria falta de gol, firmó contrato Nicolás Franco, un ignoto delantero argentino. Honestamente, no hace falta hablar con el famoso diario del lunes. A la mitad de ellos alcanzaba con buscar su ficha en Transfermarket, para declinar su contratación. Muchos los pidió el técnico, tantos otros la directiva.

Se trajo mucha cantidad, y poca calidad. Se dijo en su momento. Por otra parte, en uno de los puestos más claves del fútbol, el de centrodelantero, se mantuvo a Xisco Jiménez como carta principal, que no debió seguir después de diciembre. Así, las cosas ya pintaban mal desde el arranque. En los amistosos de pretemporada se pudo notar que convertir un gol a lo largo del año, iba a ser poco más que un parto. Cuando comenzó el campeonato, se hizo evidente.

Hoy parecen muy lejanos aquellos meses de febrero y marzo, pero sin dudas podemos recordar cómo con el encuentro 0 a 0 frente a Danubio en el Campeón del Siglo, sacó al 9 y a la figura del equipo a los 60′, para “cuidarlos” para jugar de local frente a Jorge Wilstermann. Por supuesto, Peñarol no ganó aquella noche, frente a un rival que bajo la conducción de Martín García, sólo ganó 3 puntos más en otras 6 fechas. Claramente no fue la única, pero sí quizás la más recordada.

La pandemia por Coronavirus, solo extendió unos meses la agonía. Al retorno, y jugando sin público, pudimos escuchar por la televisión los gritos de “metela al área” y “armen el cuadrado”, que hacen poner orgullosos a los planteos de principios del Siglo XX. Por si fuera poco, parece dirigir más su hermano que él. La formación del clásico, la tardanza general en los cambios, perchar a Pellistri, poner contínuamente tres volantes de marca frente a equipos en desarrollo, mantener a jugadores que ya demostraron no estar a la altura, sustituciones que rozan lo bochornoso, sumado a todo lo que mencionamos al principio con respecto al período de pases, convierten a Diego Forlán en uno de los culpables de este presente deportivo. No es el único, estoy de acuerdo. Pero el cambio que se puede hacer ahora es ese, y su continuidad sería una señal de que en Peñarol cualquiera puede hacer cualquier cosa, sin sufrir ninguna consecuencia. De su sustituto debe encargarse el Consejo Directivo. Por ahí se menciona a Mario Saralegui, que sería otro horror de la dirigencia y ojalá analicen otras posibilidades, pero la realidad marca que Diego Forlán no puede seguir.

La gran mayoría compramos esa imagen de jugador intelectual, con experiencia europea, formación y seriedad a la hora de los entrenamientos. Pero nos terminamos encontrando con esto, donde su performance como director técnico no tiene nada que envidiarle a los peores campeonatos de estas dos décadas, que son de las más negras de la historia del club.

Y más que nunca pude asociar el viejo dicho con conceptos deportivos: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.