La pérdida de la memoria (amnesia) es el olvido inusual. Usted posiblemente no es capaz de recordar hechos nuevos o acceder a uno o más recuerdos del pasado, o ambos. La pérdida de memoria puede presentarse por un corto tiempo y luego resolverse (transitorio). O puede no desaparecer y, dependiendo de la causa, puede empeorar con el tiempo.”.

Una búsqueda rápida en internet parece ofrecernos el diagnóstico exacto al problema que experimenta Peñarol hace ya varios años. Es que nuestro club, tal como si fuera una persona luego de recibir un duro golpe en la cabeza, presenta síntomas de haber olvidado todo lo que alguna vez lo identificó.

Pero hay una diferencia. La conmoción cerebral de Peñarol no se produjo de forma repentina. Ha transitado un proceso de transformación que, de forma lenta y silenciosa para algunos, pero escandalosa y aberrante para otros, lo ha convertido en lo que es hoy.

Asusta un poco, ¿no?

Imagina, lector, que de a poco te has ido transformando en alguien diferente. El proceso ha sido tan paulatino que casi ni te has dado cuenta. De repente despiertas en una piel que no es la tuya, rodeado de personas que si no fuera por la naturalidad con la que se dirigen a ti, jurarías no conocer. Olvidaste quién eres, quién fuiste, y no sabes de quién fiarte aunque encuentras mucha gente dispuesta a refrescarte la memoria. No sería raro que te sintieras a la deriva.

Tampoco sería nada extraño, de hecho, hasta sería lógico, que intentaras caminar sobre tus propios pasos para recordar de dónde vienes. Hacia dónde vas. Quién eres.

Peñarol sufre. De eso no puede dudarse. Es una premisa que todos los que amamos al club podemos -en realidad debemos- tomar como verdadera. Pero si yo divulgara la pregunta “¿de qué sufre Peñarol?” y recolectara respuestas como una gran empresa consultora, seguro comenzarían las discusiones.

El fútbol uruguayo ya no es lo que era, ha perdido pisada respecto al resto del mundo”, contestarían algunos. Molestos porque con 18 años, o incluso menos, los mejores futbolistas nos son arrancados de las manos a cambio de valores irrisorios. La necesidad de una inyección económica es un elemento que nos juega en contra en toda negociación. Los adversarios lo saben y se aprovechan. También la necesidad que tiene el propio futbolista, que se juega su futuro -léase el suyo y el de su familia- así como una oportunidad real de crecimiento en el mundo del deporte profesional.

Hay que echar al técnico, y el que venga tiene que hacer una limpieza bárbara”, dirían otros. Creo que ninguno de los que lea esta frase va a sentirse ajeno a ella. Todos la hemos escuchado. Quizás la dijo algún amigo, familiar, compañero de trabajo, o simplemente escuchamos a alguien gritarlo desde la Cataldi, la Damiani, la Güelfi o la Henderson. Algunos hasta reconocerán haberla pronunciado en algún momento.

Las destituciones de entrenadores han sido moneda corriente en Peñarol desde que tengo memoria. Aclaro, la inestabilidad laboral de los entrenadores, y en general, de todos quienes trabajan en el mundo del fútbol, me es completamente conocida. Mandan los resultados. Por más en desacuerdo que esté con esa idea, que por supuesto lo estoy, aplica en el 95% de los clubes deportivos del mundo.

Ahora bien, el modus operandi de quienes toman las decisiones en Peñarol ha sido siempre el mismo: destituir entrenadores. Desde el año 2000 hasta hoy, se ha hecho carrera en traer técnicos como una gran apuesta, hacerles una muy bonita presentación, y cuando la situación apremia, echarlos. Más allá de que alguna de las decisiones de rescindir pudiera ser compartible, es momento de cuestionarnos por qué se procede siempre de la misma manera.

La modernización del fútbol trajo consigo la creación de nuevas estructuras deportivas, nuevos cargos, nuevas responsabilidades, nuevos nombres. Vimos emerger figuras como los Gerentes, Directores Deportivos y Secretarios Técnicos. Nuevas personas encargadas del “proyecto deportivo” de Peñarol.

Con este mapa planteado, el club debería seleccionar lo que quiere para su futuro, y luego elegir un cuerpo técnico que cuadre con el perfil institucional. Pues bien, esto nunca se hizo. Desde el comienzo del siglo XXI han desfilado entrenadores con las más variadas características. A algunos les gustaba que sus equipos tuvieran el balón, otros optaban por regalar la posesión al rival. Unos apelaban al elemento motivacional, otros predicaban deporte puro y duro.

Seleccionaban uno. Cualquiera. Inserte aquí el nombre que prefiera. Cuando con su ideología de juego no ganó, fue cesado para que su lugar fuera ocupado por otro con convicciones deportivas totalmente opuestas. Éste, cuando no ganó, ¿saben qué?, también fue cesado. La búsqueda del éxito, al que siempre obliga la grandeza de Peñarol, a veces tiene un alto costo.

Ni me detengo en el costo económico que han significado tantas rescisiones contractuales.

Pero el modernismo le ha dado al Consejo Directivo una nueva excusa. Ahora cuenta con un Gerente, un Director Deportivo, un Secretario Técnico y quién sabe qué cargos más, a quienes también pueden responsabilizar de los fracasos deportivos locales e internacionales que se originan en sus malas decisiones. Fue así como comenzó la danza de nombres también en este tipo de cargos.

El resultado de estas destituciones, uso y costumbre que la dirigencia de Peñarol tiene patentizado, ha sido tétrico. Así lo evidencian los insuficientes Campeonatos Uruguayos obtenidos desde el año 2000 a la fecha, y las deshonras al prestigio institucional realizadas en la Copa Libertadores.

En 20 años han pasado por Los Aromos cientos de jugadores, decenas de entrenadores y varios Gerentes Deportivos. Salvo excepciones, los resultados deportivos son siempre los mismos. Los que no han alternado ni un poco son los dirigentes.

Podemos tolerar errores, pero hacerle daño a Peñarol es algo muy diferente a equivocarse. Pueden equivocarse al escoger un entrenador. O dos. Incluso tres. Depositar confianza en el hombre equivocado es un error del que nadie está libre. Traer jugadores con buena fe y esperanza, porque mostraron buenas condiciones y se quiere apostar a ellos, es correctísimo. Luego pueden decepcionar, es natural. La camiseta de Peñarol es pesada, nadie sabe si estará hecho para ella hasta que se la coloca. Pero se torna intolerable la contratación de futbolistas que jamás mostraron ni medio argumento para jugar en Peñarol, a precios demenciales, y mucho menos cuando se hace en cantidades industriales.

Peñarol no tiene el dinero para competir con otros mercados”, continuarán respondiendo a mi imaginaria encuesta. No tengo certezas que me permitan afirmar o negar que Peñarol no cuenta con dinero para proyectar un club modelo. En realidad, los mensajes que el socio y el hincha reciben vinculados a este asunto, son terriblemente contradictorios.

Ejemplo. Desde hace un tiempo a esta parte Peñarol comenzó a exportar juveniles. Enorme mérito de quienes trabajan en las divisiones formativas, cuyo enorme esfuerzo la mayoría recién aprecia cuando un nuevo joven debuta en el primer equipo. De este modo han sido tapa de diarios y tema de conversación de los programas deportivos las ventas de Nahitan Nández, de Brian Rodríguez, de Facundo Pellistri, de Darwin Núñez, de Federico Valverde, de Diego Rossi, entre otros. Cifras millonarias que servirían para acomodar los balances oficiales.

Todos conocemos las cifras en que han sido vendidos los futbolistas que mencioné. Sería redundante colocarlas. Pero lo que estamos lejos de saber, es qué significan realmente esas cifras para el presupuesto del club más grande de nuestro país.

La confusión del hincha es natural, se entera de que el club vende futbolistas en millones de dólares, pero continúa sufriendo las indeseables miserias por la falta de dinero. Tal vez si supiéramos cuál es el presupuesto mensual total de Peñarol, si conociéramos la lista de acreedores que tiene el club, y cuánto cuesta que la institución camine y ande, mostraríamos mayor comprensión.

Manejar un club de las dimensiones de Peñarol es sumamente difícil. Sería imposible conducir a la persona jurídica brindando todo el detalle de toda operación existente. Estoy seguro de que el socio tampoco pretende eso. Pero el club no puede manejarse como si fuera una empresa. No es una unidad productiva. Tiene un objeto y un interés general al que es obligación apuntar siempre.

La transparencia que se pretende es otra. ¿Implica la puesta en conocimiento de algunos números? Sí, claro que sí. Pero también implica la coherencia en los actos directrices. Implica la responsabilidad en la toma de decisiones. Varios integrantes del Consejo Directivo han declarado públicamente que el club debe cantidades exorbitantes de dinero por concepto de salarios a futbolistas, por concepto de premios a jugadores que se encuentran actualmente retirados, por tener pendientes de pago -y generando intereses- obligaciones contraídas ante esta nociva figura del dirigente prestamista, que tanto daño nos ha hecho a los hinchas de Peñarol. La celebración de contratos de mutuo con dirigentes que estén de los dos lados del mostrador es inadmisible. No se puede ser mutuante y mutuario. Sencillamente no se puede.

¿Cómo es posible que, ante un pasivo tan grande, se despilfarre el dinero en, por ejemplo, contratar 10 futbolistas por período de pases?

Cito este ejemplo porque es otra práctica habitual a la que el hincha debió acoplarse imperativamente. Si estoy ignorando alguna variable relevante ¡pido por favor que alguien venga a informarme! El socio quiere información. El socio quiere tener participación activa en el futuro de su club. El socio debe asistir a las Asambleas: si cumple con sus obligaciones debe hacer valer sus derechos.

Y claro que me moviliza la indignación. El que no ha sentido indignación en estos 20 años, definitivamente no siente amor por el club. Y ante la indignación, el veneno de la resignación es el peor que podemos consumir. En reaccionar frente a la indignación, el hincha de Peñarol es experto. Si algo hemos tenido son malos tragos deportivos. Si algo hemos sido es el club que vende más entradas año tras año.

Dirigentes pasados, actuales y potenciales de todos los sectores del espectro político aurinegro han declarado públicamente que Peñarol está muy dividido. El discurso es “Peñarol está muy dividido, es una pena”, cuando deónticamente tendría que ser “Propongo este camino, que concentra las ideas que todos tenemos en común, como salida a nuestros problemas”. No somos lo que no pasa, somos nuestra capacidad de responder a las cosas que nos pasan.

Peñarol necesita recordar.

La amnesia que padecemos tiene causas y consecuencias.

Como enfermedad, puede tener diferentes causas: un accidente cerebrovascular, la inflamación del cerebro, la falta de una cantidad adecuada de oxígeno en el cerebro, el abuso de alcohol, entre otras. ¿Cuál es la de Peñarol? Un atento lector que tenga incorporado el hábito de leer entre líneas, ya la habrá advertido. No caben dudas que las causas de nuestra amnesia tienen nombres y apellidos. Cuando se nos habla de “sistema directivo, sistema directriz”, se está utilizando la palabra sistema para encubrir responsabilidades personalísimas e identificables.

Sufrimos de sus consecuencias: la principal, de la que estamos siendo testigos, es asistir a una pérdida constante de los ideales que hicieron posible tener un museo con vitrinas llenas de trofeos. Una pérdida constante de valores que nos permiten, hasta hoy, ser cabeza de serie en cada sorteo de Copa Libertadores.

Peñarol es eso, un club demasiado grande. Hoy debemos conformarnos con ver chispazos de aquella mística copera, pues los intervalos de lucidez son propios de quien sufre de amnesia.

Y recordemos que “La pérdida de memoria puede presentarse por un corto tiempo y luego resolverse. O puede no desaparecer y, dependiendo de la causa, puede empeorar con el tiempo.”.

Alzheimer iba a ser el título de esta nota. Creí que cuadraba perfecto. Cuando lo pensé unos segundos más, recordé que el alzheimer no tiene cura, y empeora inexorablemente con el tiempo. La amnesia, en cambio, puede ser temporal. Peñarol no tiene alzheimer, está amnésico. El socio decidirá resolver el problema o hacerlo empeorar.

Serás eterno como el tiempo y florecerás en cada primavera”, se creó pensando en el 28 de setiembre. Seguirá siendo primavera el próximo cinco de diciembre, cuando tengamos en nuestras manos la oportunidad de escoger nuevas autoridades.

Debemos ser responsables. Despertarnos, respirar profundo y llenarnos de orgullo de participar de la democracia del club de nuestra vida. Dar nuestro voto a un candidato cobra máxima relevancia cuando votamos convencidos de que es lo mejor para Peñarol.

Es indiferente votar oficialismo u oposición, cuando se vota por cumplir con una mera formalidad. En ese caso, seremos nosotros mismos los que estaremos lastimando al club. Y a esta altura, eso ya significa herirlo de gravedad, o aún peor…

Por eso debemos incorporar como “eslogan”, votemos a quien votemos, la frase que ideó Alejandro Casona en 1937: prohibido suicidarse en primavera.

Tal vez, y solo tal vez, construyamos juntos un club que viva en primavera los doce meses del año.

Salud.

Viva siempre Peñarol.

Lucas Dellacasa Aghazarian – Socio Nro. 158214