Yo ya no me tengo más

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Hola

Te escribo me escribo desde mi alma. Ahora tan desolada, pero antes tan aclamada. Te escribo me escribo de mi desvalor, o culpa de no valorar, el oro entre mis manos. Te escribo porque día que pasa, día que veo caer las monedas entre los dedos, como acusando, la pobreza que va poblando mi village llamado ego. Me voy quedando pobre, habiendo sido tan rico. No tener cuando se tuvo todo; un manjar vencido en mi placar.

Te escribo me escribo, lo que nunca se escribió, y nunca se oyó. No tengo micrófonos en la puerta de mi casa, para abordar este sentimiento. Tampoco la ovación de mi hinchada, o la puteada de mala gana. Aunque refunfuñé eso toda mi vida, hoy mendigo hasta el más injusto insulto. Ser reconocido, es un adicción tan letal para el autoestima, que de tanto consumirla, olvide el real valor de estar en boca de todos. Amnesia, de la mala.

Te escribo me escribo, porque el único vede césped que piso, es el de mi patio. Porque miro a mis costados, y no sube el lateral por la derecha pidiendo a gritos un pase filtrado. Te escribo me escribo, porque ya no puedo girar mi cuello, y percibir esa ola de gargantas en mis hombros, fabricando un superhéroe en mi mente, y no un mundano futbolista. Te escribo y me escribo, porque en mi más delirante delirio, estoy invirtiendo en la creación de la máquina del tiempo.

Hoy, mi pelota, está desinflada. Bueno, perdón, lo reconozco: pinchada. Ya no busco que esté reluciente. Ya no me levanto, y salgo en busca de ella, como borracho detrás de su botella. Reniego de mi pasado, para renegar mi desolador presente. ¡Te extraño! Igual te dejo apartado, dulce balón, de mi visión. Allá, bien al fondo del hogar, quizás en el sótano de la casa, donde uno esconde lo que no quiere ver, o no puede ver. Ahí te tengo a vos, olvidado por dolor, o por cagón.

No supe valorar, mi camiseta adornada en millares de cuerpos. No supe apreciar, sentirme en las nubes, gracias a practicar un deporte lúdico. No supe ahorrar e invertir, tan gentil afecto, para ir exprimiendo pequeñas cuotas de amor, cuando mi corazón lo precisara. Nunca supe administrar tal galardón; simplemente, porque nunca supe del mismo.

Hoy te escribo y me escribo, porque enmarco mi culpa en mi muro de los lamentos. La dejo colgada, pronta para el tiro al blanco, como desatándome, de tal atadura mental. Hoy te escribo me escribo, para advertir de tan melancólica sensación. Hoy dejo un recordatorio para todos mis colegas de profesión: ¡Abran los ojos! ¡Abran sus almas!

Ahí está, la más pura y fiel sensación de ser alguien en la vida. De ser valorado, o al menos reconocido por lo que haces! Ahí está el cariño genuino de miles de seres que esperan tu éxito. Ahí está la inversión monetaria, emocional y corporal de todos los que asisten para verte brillar. ¡No los decepciones! Pero entre nosotros, no es por ellos. Ni por tribunero, ni por fanfarrón.

Te digo esto, porque mañana, las mejores reliquias de tu estima, van a ser las ovaciones guardadas en tu alma, y no los millones estancados en tu balsa (pinchada). Te digo esto porque los billetes no calman las ansias de ser valorado, ni borran las lágrimas de tan cruel soledad. Te digo esto porque yo ya no tengo con quien jugar. Ni tampoco quien me cante. Mucho menos que me nombren en la oncena del fin de semana.

Yo ya no tengo.

Yo ya no me tengo más.

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