Te quiero más que a mi vida

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El respaldo de mi silla hace transpirar mi espalda molesta por la situación. La lluvia cae y presagia una noche para encerrase en el hogar. El clima está pesado y casi sin voluntad lo asocio al típico clima caribeño. Imagino a mis amigos en Cali, con un borbollón de sentimientos a cuestas, pero con la ecuación que concluye con una sonrisa eterna en sus rostros. Y en el mío también.

Migliore y sus atajadas; causa de mis gritos fervorosos y  esporádicos en uno de los tantos living carboneros. Tony Pacheco y su calidad me confirma su similitud con el vino más sabroso: mientras más viejo, mejor está. Zalayeta y su silencio me enseñaron que la humildad no se alardea; se deja servida en la cancha. Valdez y sus cierres me obligan a delirar un contrato hasta el día que se reitre en mi club.

Empieza la transmisión y todos cortamos nuestras actividades para ver el once inicial que más nos agrada. Hoy en la tribuna juegan: Ivis, JC, Maxi, Cafaro, Paulo, Dani, Felipe, Agustín, Wilson, el Oso. Sus corazones abrigados con la expectativa de 2 millones de almas representadas por una decena de patéticos viajantes. Si ellos están, mi alma está en Colombia.

Veo un equipo con el libreto de viejos equipos coperos plantarse de visitante. Sobrevuela un aire inexplicable que la reducimos en una escueta pero hermosa palabra: Mística. La remera a rayas oro y carbón, parece querer reducir las diferencias técnicas reales que existen con el equipo caleño. Y por si fuera poco, la historia manda, y recuerda que hay algo que este tipo de equipos envidia: garra.

La mística de nuestra camiseta, no se reduce al rectángulo de verde césped, sino que es fomentada fuera también. Mis amigos, son amenazados por cobardes con traumas de 27 años. El incómodo momento parece repetirse una y otra vez cuando somos visitantes. Un viaje placentero se transforma por momentos en un melodrama. La travesía se convierte en ansiedad asfixiante y prepara nuevos condimentos para un viaje sin lugar a dudas inolvidable.

Los diarios llenan las páginas de halagos para los once futbolistas. Mi sonrisa crece y mi pecho se infla. ‘’Nos merecemos bellos milagros y ocurrirán’’ resuena en mi cabeza. Ocurrió: Peñarol ganó, cuando menos se imaginaba. Como tantas otras encantadoras noches coperas. Como en Porto Alegre, Liniers, o Mendoza. Salgo corriendo a la calle con un grito silencioso que estremece: Esto es Peñarol.

Dando vueltas a las páginas de los periódicos, y busco algún recoveco que expresa la emoción de mis inocentes. No encuentro nada. Solo un recorte que me recuerda a los de crónica roja: Hinchas de Peñarol amenazados con armas en Cali. La tensión copa la parada, y queda hechizada mi mente por el hecho de querer ver a mis fieles amigos de vuelta en casa. En eso, un mensaje llega, con una foto adjunta: los inocentes, ignorando el peligro de muerte, se revuelcan de alegría, con caras que le escupen a las armas blancas y resuenan de placer.

Sobrevuelan en mi mente, el mejor baúl de recuerdos. Me pongo el traje más iluso de todos, y mi mente se distrae con la espina eterna llamada Copa Libertadores 2011. Por si fuera poco, para seguir con mi engolosinada imaginación, se me tuerce la boca de alegría que anhela el mejor futuro: campeonar por primera vez en la Sudamericana. Hoy, no hay lugar para la razón, solo queda disfrutar y jugar a ser hinchas. Por suerte ‘’aquí, gracias a Dios, uno no cree en lo que oye’’ y me empalago con las más lindas esperanzas.

Mi relato parece ser una expresión nunca escuchada. La memoria tiembla, y recuerda las pedradas al ómnibus en Ecuador, y la emboscada en Caracas. La otra Copa. La que no se cuenta, pero donde se deja realmente la vida por Peñarol. Esta vez no lo vivo yo. Pero todas mis sensaciones lo viven igual. Sacudo la cabeza para borrar esas grises memorias y me lleno de agradecimiento y orgullo de mis compañeros.

Mi relato, tiene un doble agradecimiento. Uno de público conocimiento, y otro suburbano, under, oculto. El primero no lo voy a repetir, simplemente hago extensivo la euforia que todos vivimos. El segundo, me obliga a rendir tributo a quienes confirman que Peñarol es grande en el mundo entero. Unos dejan de la vida (simbólicamente) en la cancha. Mis amigos dejan la vida (realmente) en la calle y en la tribuna por estos colores.

Quedo en silencio, y mis dilemas morales azotan mi mente: ¿Cómo van a arriesgarse a morir por un equipo de futbol? ¿Semejante  gasto de dinero para quedar en vilo por la cobardía de 50 colombianos? ¿Dónde está la parte de disfrutar? ¿Cómo se explica semejante acto de fidelidad? ¿Cómo deberíamos reconocer la gallardía de estos kamikazes carboneros? ¿Vale la pena arriesgar la vida de tal forma?

La tinta deja de avanzar. El silencio se hace dueño de mi  habitación, y responde susurrando una imagen en mi mente. Retrocedo la grabación de mi cerebro, y me vuelvo a instalar en el living carbonero donde brindamos de alegría el miércoles por la noche. Mientras la imaginación, sigue su trayecto, y obliga a mi esqueleto a darme vuelta, en eso entre dos persianas destartaladas, veo la tela amarilla y negra que nuevamente como -con mi amigo que abrazaba la muerte- mata todas mis inquietudes. Inmaculada, me mira y me responde por los 10 dementes carboneros: ‘’Te quiero más que a mi vida’’.

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