Contigo Aprendí

contigo-aprendiPerdonen mi ocurrencia, son mis modales así. Ya casi nunca atiendo, disfruto mi enfermedad’’ Disculpen la insistencia, la apología a nuestro sentimiento carbonero. Perdonen el agotamiento de recursos emocionales. Sepan entender la dificultad que se me hace no recaer en lo que me genera este club. Lo sé, resulto repetitivo en muchas de mis columnas, en muchos de mis escritos creo haber acabado con el sentimentalismo y la narración de lo que genera esta pasión en mi vida, y creo yo, en la vida de muchos. Pero qué quieren que les diga, caigo en una de las sencillas, pero verdaderas, telas de la Ámsterdam, Es más fuerte que yo’’.

Ya casi nunca atiendo, ya casi nunca doy bola ni a los que no comprenden esta enfermedad, ni a mi voz interna, que de vez en cuando me quiere foulear diciéndome vos estás mal de la cabeza’’. Cada vez más recorto la importancia del qué dirán, y cada vez barro el equilibrio que busca el centro de cualquier individuo. Cada vez más desacredito el supuesto amor de jugadores, dirigentes y todo aquel que bordea nuestro club, que siempre toma a Peñarol como medio para un fin personal. Cada vez sostengo más la teoría de que nosotros, como hinchas, debemos reducir la dependencia con los jugadores de fútbol y su vinculación con Peñarol. No los juzgo, simplemente no le presto atención.

Sinceramente me siento como aquel arqueólogo, que busca fósiles para poder comprender el porqué de tanto arraigo, el porqué de tanta obsesión a un club. De vez en cuando encuentro rastros conocidos, los clichés de cualquier fanático con su club: lugar de descarga’’, libertad’’, grupo de pertenencia’’, y lotes de respuestas, sin sorpresa, de cualquier sociólogo que analiza la adhesión de un hincha a su club. Honestamente siento que aquel profesional que busca estudiar el comportamiento del hincha, debe haber vivido todo lo que vivimos muchos de nosotros para comprender realmente el porqué de nuestras conductas.

Personalmente no me creo ningún experto en la materia, tampoco desacredito tanto el trabajo de los sociólogos para comprender a los hinchas, y mucho menos el prejuicio, o el concepto deformado que tienen la prensa para con nosotros. De todos modos, hoy le voy a dar un respiro a los medios de comunicación que tan golpeado los tengo últimamente. Mi dilema, de ya varias columnas, resulta en poder comprender los cómo’’ de esta locura, los porqué’’ de este fanatismo, los a qué se debe’’ de esta parafernalia carbonera, de responder sencillamente a la siguiente pregunta: ¿A qué responde semejante encadenamiento voluntario a un club?

Creo yo que por mis estudios, y la experiencia de mi vida personal, me siento muy condicionado por orientar dicha respuesta a una combinación de respuestas condicionadas, de beneficios acumulados, de aprendizajes constantes que el vínculo Hincha-Peñarol nos da. Pasando en limpio, mi hipótesis se recuesta en la idea de que nuestro fanatismo se sostiene por una combinación de beneficios y aprendizajes que nos dio ser seguidor de este equipo.

La pregunta que relaciono con esta hipótesis, y que me viene acompañando, actualmente, en los viajes en bus, mientras trabajo o cuando salga a correr por puro deporte es la siguiente: ¿Qué fue todo lo que aprendí gracias a Peñarol? Casi sin querer, una avalancha de situaciones, pelean entre sí, para ver cuál es la que más atrapa mi atención. Siento que los aprendizajes fueron muchos y por ende aquí surgió el motivo de estas líneas.

¡Todo lo que aprendimos con Peñarol! ¿Algún día te pusiste a pensar?

Por Peñarol aprendí a soportar temperaturas al aire libre que por otro motivo no lo hubiese hecho.

Por Peñarol aprendí a bancar el rasguñon de un alambre de púa a costas de colgar mi bandera.

Por Peñarol aprendí a desarrollar mi paciencia y no contestarle a algún policía prepotente.

Por Peñarol aprendí ahorrar el dinero de mi fin de semana, para destinarlo a pagar el ómnibus al viaje al Interior.

Por Peñarol aprendí a trabajar horas extras, para lograr costear el viaje al exterior.

Por Peñarol aprendí a organizar, al menos, unos de mis días de la semana (el día del partido).

Por Peñarol aprendí a poner excusas para no asistir a compromisos innegables.

Por Peñarol aprendí el costo del metro de tela, y del litro de pintura.

Por Peñarol aprendí, a conocer todos los barrios por donde solía jugar nuestro club, y todos los departamentos que el fixture indicaba.

Por Peñarol aprendí cómo sortear un cacheo a costas de poder pasar una bengala de alegría o una bandera de mi corazón.

Por Peñarol aprendí que la más grande desolación deportiva, se puede transformar en el más grande aliento incondicional.

Por Peñarol aprendí lo que es el amor incondicional; que nuestro fin último es alentar sin esperar nada a cambio.

Por Peñarol aprendí, que nunca tendremos el control total de nuestro estado de ánimo, que siempre habrá un recoveco de nuestra alma que será presa del resultado del partido.

Por Peñarol aprendí, que siempre que me pongo esta camiseta en un futbol 5, o en un picado de la escuela/liceo tengo el deber moral de dejarla bien representada.

Por Peñarol aprendí, que la vergüenza social no existe cuando se entona las canciones de la tribuna en un boliche nocturno.

Por Peñarol aprendí que no importa qué día de la semana, tengo algo en mi vida que me es incondicional: Peñarol juega tal día.

¿Y alguna vez te pusiste a pensar lo importante para un alma desangelada, tener un ángel incondicional, un ángel para su soledad?

Porque eso es Peñarol, un delirio eterno, un ángel que acompaña cuando nuestra alma brilla, cuando los astros se alinean y todo funciona de maravilla, como cuando nos sentimos la escoria del país, cuando no damos pie con bola, y cuando todo el mundo señala nuestros errores.

Peñarol es muchas veces ese ángel de la soledad, aquel que nos acurrucamos como un niño con su madre cuando tiene miedo. Ese mismo que está cuando queremos escapar de todo el terremoto emocional que pueda estar acosando nuestra vida. Peñarol siempre está. Siempre tenemos un grupo de amigos de Peñarol, un video en Youtube de nuestra hinchada para alegrar el alma, una casaca rayada que renueva la energía, o una bandera en cual enrollarnos y dormimos protegidos de nuestros temores.

Todos tenemos esos lodos mentales, esas arenas movedizas que ponen en jaque la felicidad, pero lo que siempre sabemos es que Peñarol siempre está. Peñarol tiene cierta cuota de responsabilidad en la formación de nuestra personalidad, en como actuamos, en porque tenemos determinadas actitudes que sin la relación con este club no la tendríamos en nuestra vida.

Quizás todo esté redactado, todo este pensamiento distanciado de la realidad, será una utopía, un delirio, un pensamiento ido de la realidad, pero nosotros no nos importa LA realidad, nos importa nuestra realidad, la realidad de ser hincha de Peñarol. ¿Sabes por qué? Porque ya casi nunca atendemos, disfrutamos nuestra enfermedad.

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