Destruyendo la identidad de un pueblo

Domingo. 18 horas. 12 grados. Campeón del Siglo. Puedo estar refiriéndome a prácticamente cualquier partido de local de los últimos tiempos. El panorama en las tribunas también se puede estandarizar perfectamente: Güelfi inhabilitada para no reparar en gastos de seguridad ni boleteros; Henderson semivacía por los precios inaccesibles, generando que sea una tribuna dirigida casi exclusivamente para ese grupo no muy numeroso de hinchas que pudo y eligió adquirir su palco o butaca; Cataldi con claros enormes por su pésima accesibilidad – posee una única puerta para las 9.000 personas que podría recibir –, por la incomodidad que genera su lejanía de las vías más transitadas de acceso y salida del Estadio, y por una – mala – fama que la dirigencia lejos de intentar eliminarla, parece acentuarla con un montón de decisiones, declaraciones y formas de actuar; mientras que la Damiani generalmente reúne a la mayor cantidad de gente, y aún así no llega a presentar un lleno total – ni cuando está agotada – porque el aforo habilitado por el Ministerio no lo permite. La gente está perdiendo la costumbre de ir a la cancha y eso se está trasladando también al resto de los escenarios.

Ese es el Peñarol al que nos estamos acostumbrando. Los factores son varios y están a la vista. Algunos no son responsabilidad del Club, pero la gran mayoría – y los más decisivos – sí. Primero que nada, el Campeón del Siglo le resulta incómodo a la gente, y no me estoy refiriendo precisamente a la ubicación – la cual de todas maneras tampoco podría cambiarse si así se deseara -. Un montón de problemas a los que no se le ha encontrado – o buscado – una solución se acumulan desde la inauguración del nuevo estadio. A grandes rasgos se puede enumerar:

  • La muy poca variedad de opciones de transporte público para llegar al mismo. El 103 es prácticamente la única línea común que llega al Campeón del Siglo y su recorrido y cantidad de unidades están lejos de cubrir las necesidades de la masa de hinchas de Peñarol. Esto genera tener que movilizarse desde distintos puntos de la capital para llegar a alguna parada dentro del recorrido del ómnibus, largas esperas para acceder a los mismos debido a que pasan llenos, y un viaje incómodo porque probablemente realices el viaje de una hora – y a veces más – parado y apretado.
  • La muy poca cantidad de opciones de transporte público para retirarse del Estadio cuando finaliza el partido. Las condiciones del viaje además son iguales a las expresadas en el punto anterior. Es una postal de todos los partidos de local, ver a muchísima gente corriendo por el estacionamiento de la Tribuna Damiani, para asi llegar rápidamente al punto de espera de los ómnibus, ubicado en la Ruta 102, y poder acceder a un asiento en los mismos.
  • Los puntos anteriores llevan a que el grueso de la gente maneje el pensamiento de “al Campeón del Siglo voy en auto, o no voy”. Y esto a su vez lleva a que, los ya de por sí escasos estacionamientos, queden superpoblados de vehículos y la fila de autos ocupe una gran cantidad de kilómetros a lo largo de las rutas 8 y 102, y en un montón de espacios que – casi que a la fuerza – se fueron utilizando con esa función.
  • Todo esa problemática de la llegada en auto y el estacionar el mismo, genera que en los lugares más cercanos al estadio – y no tanto – los llamados “cuidacoches” pidan una suma de hasta $200 por cada vehículo.

Estos puntos no son responsabilidad exclusiva del club, pero es llamativo que 3 años después de la inauguración del Campeon del Siglo sigan sin solucionarse, y no parece que vaya a suceder en un futuro cercano. Quizás hasta no se los haya considerado como problemas graves.

A esa gran base, hay que sumarle una de las mayores fallas de esta dirigencia: la política de precios.

Por Campeonato Uruguayo – y tomando en cuenta el último partido frente a Juventud – se manejan los siguientes precios generales:

  • Cataldi: $350
  • Damiani: $650
  • Henderson: $1600 (los socios además pagan $750 en esta tribuna)

Por Copa Libertadores – y tomando en cuenta el último partido frente a Flamengo, el 8 de mayo – se maneja un rango similar al siguiente:

  • Cataldi: $850
  • Damiani: $1150
  • Henderson: $1700

Además – y desde hace años –  los menores de 12 años ya no ingresan gratis, bajando el límite a la edad de 5.

Todo esto genera la pérdida de las clases sociales más bajas, quienes no pueden afrontar el pago de una cuota mensual o de una entrada general; la pérdida de las nuevas generaciones, quienes no van a crecer con la costumbre de ir a ver a Peñarol; la pérdida de los hinchas del interior, quienes ahora la tienen aún más difícil para asistir a los partidos; y la perdida del no tan fanático, que prefiere quedarse en la casa mirando el partido por televisión, antes que pagar un precio exageradísimo por un espectáculo que no lo vale y sufrir todo tipo de complicaciones para asistir al mismo.

El resultado es que la hinchada de Peñarol se limite hoy a ese tope de 15.000 personas que están en condiciones económicas de poder sostener lo que significa hoy ir a un partido del primer equipo y además deciden someterse a todas las condiciones descriptas en esta columna. La costumbre de ir a la cancha se pierde, y se genera un ambiente cada vez más triste y apagado. El simpatizante que aún no se contagió del todo el fanatismo, nunca llega a conocer desde adentro a Peñarol porque no se le brinda esa posibilidad, y terminan concurriendo a las canchas únicamente “los de siempre”. A la gente le pusieron tantas trabas para ir a la cancha, que llegado un punto ya se autoexcluye al no sentirse parte.

La que aún se sostiene de manera incondicional, ya no está cumpliendo el ritual de todos los fines de semana con la felicidad y las ganas que lo hacía en otros tiempos. Ya casi no existe ese fervor y esa ebullición desde la tribuna que hubo siempre, hasta en tiempos bastante peores en cuanto a lo deportivo. Planteles muy malos de Peñarol eran contagiados desde afuera por el hincha, y los jugadores lo retribuían con lo que podían, desde el esfuerzo. Muchos de nosotros crecimos en épocas negras, y sin embargo nos enamoramos y firmamos un pacto de por vida con estos colores, gracias a lo que se vivía y sentía en la tribuna de Peñarol. Hoy en día no se contagia ni desde afuera hacia adentro, ni desde adentro hacia afuera. Ha existido una postura muy clara en los últimos años de parte de la dirigencia de eliminar poco a poco todo el colorido y la pasión que convertía a Peñarol en una de las mejores hinchadas del continente.

Años y años de ponerle un palo en la rueda a la hinchada de Peñarol, nos han convertido en esto. Jugamos un clásico con las populares sin agotar, y con la gente totalmente desganada y desenamorada de lo que una vez nos supo mover hasta la última célula del cuerpo.

La esencia popular de Peñarol está desapareciendo, y se está haciendo a conciencia, desde la cúpula del Club. Se busca emular que el público tenga una identidad europea, la cual no sentimos como propia. Y en busca de eso, están provocando que el club más popular del país – por destrozo – esté destinado solo a unos pocos; destruyendo una identidad que se viene forjando desde el 28 de setiembre de 1891.

Por favor, dejen de hacerlo. Recapaciten. Estamos a tiempo, pero no queda mucho.