A lo Peñarol

Una frase inmortalizada en la psiquis de cada futbolero. Una marca registrada, fiel reflejo de la identidad del cuadro del pueblo.

Los hinchas de Peñarol sabemos que nuestro club goza de identidad propia. Nosotros, los manyas, sabemos que en nuestro ADN tenemos un diferencial, un intangible que no se compra ni se vende, pero se palpa en el aire cuando de hazañas se trata. En realidad, no solo lo sabemos nosotros sino también todo el fútbol uruguayo, y así lo demuestra la interminable cantidad de referencias hacia la identidad peñarolense.

Por eso, hoy nos dedicamos a repasar algunas de las principales hazañas logradas por el Decano (sería imposible enumerarlas todas), que dieron lugar al nacimiento de una de las frases más conocidas de nuestra cultura futbolera: ganar a lo Peñarol.

Los orígenes

Distinto nombre pero misma esencia, en los albores del siglo pasado se encuentran las primeras referencias a la famosa mística de Peñarol. En el libro “Del fútbol heroico”, una de las principales obras sobre historia de nuestro fútbol, podemos ver como a Peñarol se lo había bautizado como “el cuadro del último cuarto de hora” por su capacidad para resolver partidos increíbles en los últimos minutos, en los cuales “demostró poseer un espíritu de reacción realmente admirable” a tal punto que “con Peñarol no se tenía ganado un encuentro hasta que el referee hiciera sonar la pitada final”.

“A dispetto di maligne, Peñarol no ha muerto”

Corría el año 1908 y la huelga ferroviaria generaba grandes dificultades en el desarrollo de las actividades deportivas del carbonero, por lo que se especulaba con una posible desafiliación de la Liga. Incluso, los más extremistas llegaron a afirmar que “el club dejaría de existir”. Sin embargo, en “La Tribuna Popular” del 31 de marzo de 1908, se publica una carta con una expresión que si bien no es producto de un resultado deportivo, sí es reflejo de una muestra inequívoca de carácter, personalidad y amor propio.

En ella, se afirma que el club mirasol seguiría compitiendo a pesar de las dificultades, tal como ocurrió, porque “Peñarol no ha muerto. Peñarol jugará en Primera Division a despetto di maligne, pese a quien pese”.

Rendirse y abandonar nunca fue una opción para nosotros.

La hazaña inigualable

El 20 de mayo de 1966, Peñarol y River Plate determinarían el campeón de la Copa Libertadores en Santiago de Chile, en lo que sería el tercer partido de la definición.

El ambiente estaba enardecido ya que las actitudes riverplatenses en Buenos Aires al momento de jugar la revancha habían despertado un gran malestar en filas aurinegras. Por si fuera poco, los de la Banda estaban convencidos de que ese tercer partido, jugado apenas dos días después de la mencionada final en Argentina, sería un trámite.

El transcurso del partido parecía darle la razón a los Millonarios, que al finalizar el primer tiempo ganaban 2-0 y cumplían “una de las mejores actuaciones de los últimos tiempos” según palabras de “El Gráfico”. La prensa deportiva, especialmente la argentina, era bastante explicita en su comentario: “Si al finalizar esos 45 minutos alguien insinuaba la posibilidad de una derrota de River, podía ser considerado un humorista o un atrevido. En ese momento, River ya podía brindar con la copa”.

Esta actitud sobradora se trasladó a los jugadores riverplatenses, que dedicaron el segundo tiempo a seguir floreándose, incluso con una jugada que sería la culpable del desenlace final. A los 15 minutos, un débil remate de Alberto Spencer terminaría en una canchereada de Amadeo Carrizo, un histórico de River. El experimentado arquero no tuvo mejor idea que parar la pelota con el pecho en actitud sobradora. Fue el quiebre.

El propio Antonio Vespucio Liberti, presidente del club argentino, responsabilizaría al golero aduciendo que “cuando uno está para la cargada, tiene que ser hombre para saber afrontarla. Es fácil sobrar en la buena. Hay que saber guapear en la mala. Es el responsable de la reacción de los negros” (El Gráfico, 24/5/1966).

Los negros de los que habla somos nosotros, Peñarol, el club del pueblo.

El final de la historia es conocido por todos. Peñarol logró descontar e igualar el partido, y lo terminó ganando en el alargue, sellando así la máxima remontada en la historia de la Copa Libertadores. Para ser más gráficos, la única vez que un equipo remontó dos goles en una final. A raíz de este partido, River Plate fue bautizado en Argentina como “la gallina”.

Sin embargo, esto no era nuevo para el club Decano. En el año 1944, el manya había dado vuelta un idéntico resultado, cuando perdía 2-0 la final del Campeonato Uruguayo ante su tradicional rival; final que terminaría ganando 3-2. Dejamos las conclusiones de motes y apodos en manos del lector.

Esta consagración daría lugar a la frase sagrada, premisa máxima de las remontadas y las hazañas deportivas. Así nació “ganar a lo Peñarol“. Los medios argentinos tampoco escatimaban en elogios hacia la actitud carbonera.

“Peñarol se irguió como un gallo de pelea o como quien va a lavar una ofensa”, fue el titular que eligió Clarín.

“Se empieza a advertir la diferencia de peso físico. La diferencia espiritual. Un equipo que se achica y otro que se agranda”, escribía Osvaldo Ardizzone.

Pero el mejor testimonio lo brinda, sin lugar a dudas, el glorioso relato de Carlos Solé. “Vayan preparándose los peñarolenses y los aficionados uruguayos en Montevideo. Está este campeonato ganado y si ustedes me permiten la expresión, que no es académica, pero para serles más grafico, ganado a lo macho”.

Campeón del mundo en el Santiago Bernabéu

No fue de atrás. Tampoco fue en la hora. Fue una victoria (o dos, mejor dicho) aplastante, con un global de 4-0 y un triunfo que según palabras de los protagonistas “no emociona tanto como lo de Santiago”. Pero si es el mayor logro en la historia del fútbol uruguayo a nivel de clubes. Y ese privilegio solo podía pertenecerle al Decano.

Esto también fue ganar a lo Peñarol, porque es reponerse ante la adversidad, en un partido que todo el mundo daba por descontado que terminaría en un fácil triunfo madridista. La mística de Peñarol no hizo posible la existencia de un tercer partido en Suiza. Tal vez, una de las mejores expresiones sobre lo que genera la camiseta amarilla y negra, la encontremos en las palabras de Miguel Muñoz, el propio Director Técnico del Real Madrid, quien argumentaba que “la fama del Peñarol influyó extraordinariamente en el nerviosismo de mis muchachos”.

Supercampeones en La Plata

El 30 de diciembre de 1969 llegaría el final del mayor periodo de gloria para un equipo uruguayo. Como no podía ser de otra manera, la consagración llegó a lo Peñarol, de atrás y aguantando de visitante.

La Supercopa de Campeones Intercontinentales, era un torneo al que solo podía acceder un selecto grupo de equipos campeones mundiales. Para la edición de 1969, Peñarol debía enfrentar a verdaderas estrellas del fútbol sudamericano. Racing contaba entre sus filas con jugadores como Roberto Perfumo, Basile y Cárdenas; Estudiantes de La Plata era el equipo sensación del momento, vigente campeón mundial en Old Trafford, con figuras como Verón y Bilardo; y el Santos seguía potenciando su plantel con la interminable figura de Pelé.

Así y todo, los carboneros cumplieron una excelente campaña que los dejaba vivos de cara al último partido, contra Estudiantes en la ciudad de las diagonales. El Decano dependía de sí mismo para conquistar el título, pero comenzaría en desventaja por un gol de Verde sobre el final del primer tiempo.

Pero Peñarol siempre es Peñarol, en cualquier lugar. En tan solo 7 minutos, dos goles de Pedro Virgilio Rocha daban vuelta el partido y sellaban una nueva coronación aurinegra.

“Otra proeza aurinegra”, fue el titular elegido por la prensa local para referirse a la nueva hazaña carbonera, un equipo acostumbrado a dar batalla hasta el final y que había ganado hasta ese entonces un total de 6 títulos internacionales, 5 de ellos jugando fuera del país. Torazo en rodeo ajeno.

Seiscientos segundos para la historia

El título no terminó en manos de Peñarol, pero aquella noche de Copa Libertadores merece ser recordada por la mística aurinegra, capaz de conseguir lo increíble y de emocionar a propios y ajenos.

Las semifinales de 1970 encontraban a Peñarol, con un equipo sumamente disminuido a raíz de las convocatorias a la selección nacional de gran parte de sus estrellas, luchando frente a la Universidad de Chile que acababa de eliminar a Nacional de Uruguay. Así las cosas, el primer partido, terminaría con victoria 1-0 para el elenco universitario en Santiago. La revancha en el Centenario fue triunfo 2-0 en favor del manya y se debía jugar un tercer partido.

El 14 de mayo, uruguayos y chilenos definirían el pasaje a la definición del torneo en el Cilindro de Avellaneda. El primer tiempo se iba con un parcial de 1-0 en favor de la U, que aseguraba el pasaje a la final. Iniciada la segunda mitad, Peñarol lograría igualar y de esta forma se terminarían los 90 reglamentarios. Por disposición de la época, se debía jugar un alargue de 30 minutos, tras el cual Peñarol avanzaría a la siguiente fase en caso de mantener la igualdad.

Pero claro, nadie creía que ese equipo de veteranos de Peñarol pudiera llegar a sostener el ritmo. Incluso, las crónicas hablan de un jugador chileno burlándose del plantel aurinegro durante la charla que estos mantenían previo al inicio del suplementario. Los mismos autores, señalan también que dicha provocación fue respondida con golpes de puño hacia el iluso provocador. Peñarol, el de siempre.

El problema es que el elenco chileno consiguió ponerse en ventaja mediante un gol de Hodge, y todo parecía indicar que el manya se volvería a casa sin el pasaje a la final. “Era imposible pensar que el equipo uruguayo, con sus energías devoradas a lo largo de casi dos horas de monótona batalla, pudiera reaccionar. Peñarol estaba sin piernas. Y entonces comenzaron los diez minutos más hermosos de la noche. Los seiscientos segundos para la historia” (Revista de los Deportes, 19/5/1970).

Esos seiscientos segundos darían lugar a otra hazaña de Peñarol. Cuando parecía que todo se desplomaba, un fuerte remate de Jorge Peralta le rompía el arco a los chilenos y depositaba a Peñarol en la definición de la copa que vio nacer. “Cuando la pelota entró al arco creía que el mundo se me venía encima”.

Pero tal vez, las mejores palabras fueron las de Pastoriza, por aquél entonces jugador de Independiente, que estaba presente en el estadio y no pudo contener la emoción: “Esto solo puede hacerlo Peñarol. La fibra y el coraje mostrados durante todo el encuentro y especialmente en los minutos finales, me emocionaron”.

En la misma nota de la edición de La Revista de los Deportes detallada anteriormente, el periodista Paco Molina tampoco escatima en elogios hacia la camiseta aurinegra. “No hay más remedio que creer en la mística peñarolense, como parte fundamental de la verdadera leyenda que es el fútbol uruguayo (…) Debe haber un hilo conductor misterioso, tendido a través de toda una década, capaz de electrizar a cualquier hombre que sale a jugar la Copa Libertadores con la carbonera sobre el pecho “.

A lo Peñarol en Santiago de Chile, parte II

El 30 de noviembre de 1982, el Estadio Nacional de Santiago de Chile volvería a ser testigo de una final continental con Peñarol como protagonista. El escenario trasandino aun guardaba en su memoria la hazaña de 1966, pero el Decano intentaría escribir una nueva página de gloria. No solo la escribió, sino que lo hizo como nos gusta a nosotros, a lo Peñarol.

El partido parecía condenado a un 0-0 inamovible que repetiría el resultado de la primera final jugada en Montevideo. Pero en el minuto 90, un contragolpe iniciado por Mario Saralegui y excelentemente ejecutado por Venancio Ramos, terminaría con la recordadísima definición de Fernando Morena por encima del arquero. Gol y campeonato.

“PEÑAROLAZO”, titulaban los diarios de la región. Una vez más, el mundo futbol se rendía ante la mística de un equipo acostumbrado a ganar cosas importantes en la arremetida final de los partidos.

Pisando fuerte en Avellaneda

Las semifinales de la Copa Libertadores de 1987 encontraban a Peñarol junto a River Plate (vigente campeón de América y del mundo) e Independiente de Avellaneda. Después de triunfar en Montevideo ante Independiente (3-0) y empatar sin goles con River, el Decano debía viajar a Avellaneda para enfrentar a los Diablos Rojos en su mítico estadio de la Doble Visera.

Aquel 30 de setiembre, Peñarol logro uno de los triunfos más resonantes en la historia de la Copa. En un partido para el infarto ante un equipo argentino de primer nivel, el joven conjunto aurinegro logró imponerse 4-2 y clasificar a la final del máximo certamen continental.

La prensa especializada, una vez más, dejaba en claro quién es el dueño de las hazañas.

A lo Peñarol en Santiago de Chile, parte III

No hay dos sin tres, suele decirse en cualquier boliche de nuestro día a día. En el caso de Peñarol y su extraño vinculo con el principal escenario chileno, la premisa parece cumplirse al pie de la letra. El 31 de octubre de 1987, Peñarol y América de Cali definían la Copa Libertadores en el tercer encuentro de la llave. Pero la hazaña se empezaba a forjar unos días antes, el 28 de octubre.

La ida, jugada en Cali, termino con un contundente triunfo por 2-0 en favor del equipo caleño, por lo que la victoria en casa era una obligación. Pero antes de los 20 minutos del primer tiempo, el América lograba ponerse en ventaja mediante un gol de Roberto Cabañas. El resultado se mantuvo hasta ya entrado en el segundo tiempo, y la copa parecía irse para Colombia.

Pero el milagro se hizo. Un gol de cabeza de Diego Aguirre sobre el arco de la tribuna Ámsterdam a los 68 minutos, ponía en partido a Peñarol que estaba obligado a ganar para evitar la vuelta olímpica del equipo visitante.

El manya, a fuerza de voluntad, logró generar un montón de situaciones de gol, pero la pelota no entraba y el desenlace parecía imposible de modificar. A falta de tan solo tres minutos para el final del partido, un foul al borde del área se transformaba en una clara chance de gol. Varios podían ser los ejecutantes, pero finalmente la responsabilidad la tomó el joven Jorge Villar. El resto, es historia conocida.

“Villar, Villar, Villar… ¡Gol! ¡Gol de Peñarol! Más que de Peñarol, gol de Uruguay, nomá!. Les dije que Peñarol quería, les dije que ellos no querían nada.” El relato de Carlos Muñoz parece sonar en la cabeza de todos los hinchas de Peñarol. A tan solo unos minutos del final, Peñarol daba vuelta el resultado y forzaba el tercer partido.

El mejor resumen de aquella jornada lo brindaría el diario Ultimas Noticias, bajo el lema “Hay olor a Santiagazo”, en donde se brindaba una pequeña síntesis de lo que en aquel entonces ya se conocía como ganar a lo Peñarol: “Jugando a lo Peñarol, esa expresión que con los años ha quedado como síntesis de poca creatividad futbolística pero gigantesca dosis de garra y amor propio, los aurinegros forzaron anoche un tercer partido final”.

La historia del 31 de octubre es la del gol más agónico en la historia de toda la Copa Libertadores. Por un formato de la época que hoy ya no existe, y gracias a la diferencia de goles favorable al América de Cali, el empate al cabo de los 120 minutos le daba el titulo de campeón al conjunto colombiano. Pero un gol cambiaba todo y le daba la copa a Peñarol. No había grises, no existía el punto medio. Era a todo o nada. Fue todo. Gol de Aguirre en el minuto 120 y quinta Copa Libertadores para las vitrinas del Decano.

Como siempre, a lo Peñarol.

Un artículo bajo ese título lo define a la perfección:

A lo Peñarol, un clásico en Uruguay

Hasta ahora, se ha hecho un repaso por los principales titulares de algunas (no todas) de las máximas hazañas en la historia del Club Atlético Peñarol. Sin embargo, las referencias a la mística aurinegra también han tenido lugar en enfrentamientos dentro de nuestro país, y especialmente en lo que a clásicos refiere.

1921

En el mes de noviembre de 1921 se inauguraría la cancha de Pocitos, aquella que era el fiel reflejo de la mística manya y de lo que es ganar a lo Peñarol. Según las definiciones de los que saben “quizás el field de Pocitos fue el mas romántico en la historia de Peñarol, allí se creó un formidable mito, en virtud del cual, cuando se lo proponía, Peñarol podía ganar allí cualquier match de football en los últimos minutos del segundo tiempo. Mito que fue muchas veces realidad”.

Para muestra basta un botón, por lo que nos limitaremos a hablar de un solo encuentro que sintetiza mejor que ningún otro lo que era la mística de aquel escenario mirasol. El 25 de diciembre de 1921, Peñarol y Nacional y debían definir el Campeonato Uruguayo de aquel año. El equipo fusionado iba en busca de un nuevo tricampeonato y era claro favorito, incluso, según se detalla en algunas obras, antes del encuentro se repartieron volantes con la leyenda “Nacional campeón 1919 – 1920 – 1921”. Se olvidaron que jugaban contra Peñarol.

Igualmente, los universitarios lograron ponerse en ventaja y parecía que se llevaban la copa, tomándose venganza de las múltiples consagraciones decanas en el viejo Parque Central. No fue así. Un gol de Piendibene, “en medio de la ovación mas formidable y delirante que se escuchara en los campos de juego”, empataba el partido y ponía en carrera al carbonero. El gol de la victoria sería anotado por Artigas, quien le daba el título a Peñarol y evitaba la deshonra de una consagración rival en cancha propia, algo que nunca tuvo que sufrir el club del pueblo.

1935

En la temporada de 1935, Peñarol daba el primer paso para la obtención del primer Tetracampeonato en la historia del fútbol uruguayo. El partido decisivo fue, como casi siempre, el clásico. El 8 de diciembre, decanos y tricolores debían enfrentarse por la segunda rueda del Campeonato Uruguayo. Un triunfo de Peñarol prácticamente liquidaba el campeonato a favor del aurinegro.

El partido fue un trámite, goleada 3-0 y festejos para la mayoría del público presente. “El País”, en su edición del 9 de diciembre, expresaba nuevamente la importancia de la moral y el amor propio al momento de jugar un clásico, eso que le sobra a Peñarol y le falta a Nacional.

“El team del Parque ha adquirido la convicción de su propia impotencia y se entrega mansamente a su destino. Es un cuadro desmoralizado, sin alma, que se somete a la fuerza de un adversario superior (…) Los aurinegros proporcionaban la sensación de que les restaba siempre un fondo de energías, de voluntad renovada, de brío, para emplear cuanto exigieran las circunstancias. Muchos de sus compromisos ganó Peñarol así, superándose hasta lo ilimitado, minuto a minuto”

1976

El 19 de diciembre de 1976, Peñarol derrotó 2-0 a Nacional por la Liguilla Pre Libertadores. Aquel año es recordado por la variedad de triunfos clásicos, destacando la goleada por 5-1 de enero, y el 2-1 de atrás y con 10 jugadores por Copa Libertadores del mes de marzo.

Aquel triunfo de diciembre no fue de atrás, tampoco en la hora. Fue una victoria contundente y clara, pero igualmente fue llamada “a lo Peñarol”. ¿El motivo? Ganar a lo Peñarol no solo refiere a situaciones de juego, sino también a la superioridad psicológica que ejerce una camiseta sobre la otra.

“Los dientes apretados, el gesto serio, la pierna fuerte. La vida jugada en cada pelota. Peñarol… al viejo estilo de Peñarol. La falta de convicción, la blandura anímica de alguno de sus hombres, la sensación de impotencia. Nacional… con las viejas frustraciones de Nacional”.

1978

El 13 de diciembre de 1978, el aurinegro volvió a aplastar a su tradicional rival por el torneo Liguilla. Esta vez fue 3-0, en un partido donde Nacional se entregó desde el minuto 1. Así, Peñarol manejo el partido a gusto y destrozó a un rival entregado a la suerte que generalmente corre, cuando se enfrenta al Decano.

Intentaremos ser lo más escuetos posibles y enfocarnos en las palabras de la prensa especializada de nuestro país.

“El tricolor parecía haber superado ese sentimiento de paternidad impuesto por el aurinegro (…), el tricolor fue ese boxeador que una vez en la lona no tiene voluntad de levantarse. Nacional quedó groggy, pero más que por la potencia del golpe del rival, por su propia incapacidad anímica para superarlo (…) Por el otro lado, las diferencias anímicas de las que hablábamos. Uno seguro, el otro vacilante. Uno ganador, el otro temeroso”

1987

El clásico de los 8 contra 11 es conocido por todos. Nos limitaremos a reproducir las palabras de “La Mañana”, respecto al milagro.

 “La insólita situación fue abordada por Nacional como una enorme responsabilidad, como si un balde cayera sobre la cabeza de sus jugadores y como si las piernas fueran atadas por gruesas cadenas. Allí quedó demostrado que los jugadores no han podido superar el trauma de estos últimos años. Y cuando nadie lo espera o imagina, por lo insólito e irracional, llegó el milagro”. El Peñarol de los milagros, otra de las tantas formas para hablar de lo mismo.

1995

En el clásico del Clausura 1995 Peñarol logró un trabajoso triunfo por 1-0, jugando con 10 jugadores contra 11 de Nacional. Como siempre, se hablaba de un triunfo a lo Peñarol.

1997

El año del Quinquenio. El año de los clásicos increíbles. El primero de ellos, jugado el 19 de octubre, pintaba para goleada de los cuelludos que ganaban cómodos 3-1, pero la rebeldía mirasol se llevó un increíble triunfo por 4-3. A lo Peñarol.

Apenas 16 días habían pasado de aquel encuentro cuando Peñarol y Nacional debían volver a enfrentarse, esta vez en la semifinal del Campeonato Uruguayo. No había mañana, era ganar o perder. Ganaban ellos 2-0, pero lo terminamos ganando nosotros 3-2. Este partido dejaría graves secuelas en los hinchas albos, dejando de manifiesto la paternidad y la mística peñarolense como tantas otras veces hemos visto

Roberto Musso, fanático declarado de Nacional, dejaría conceptos extraordinarios en la Revista Tres del 14 de noviembre de 1997: “Me parece que hay algo de psicología. Si lo del 4 a 3 pasara una vez, ta’. Pero que en 15 días pase dos veces da para pensar que hay algo más. No se si es la mística de Peñarol o qué…”

1999

Después de perder el Torneo Apertura, Peñarol estaba obligado a asegurarse el Torneo Clausura. No solo lo hizo, sino que demolió a sus rivales a lo largo de todo el torneo. El clásico, como no podía ser de otra manera, se gano con los huevos en la punta de los botines, como diría Obdulio. Que dicho sea de paso, era manya también.

“El Gráfico”, la popular revista deportiva, lo sintetiza de la mejor manera. “Allí apareció el Peñarol sin tiempo, el Peñarol de siempre. (…) Nacional se desplomó, su psiquis habitualmente débil cada vez que se enfrenta a la camiseta aurinegra se entregó casi con mansedumbre”.

Apenas unas semanas después, Peñarol terminaría conquistando el titulo de campeón uruguayo en una recordada final ante Nacional, que empezó perdiendo y terminó ganando. Nuevamente en “El Gráfico” pueden leerse palabras tan claras y ciertas como hirientes.

“Peñarol lo juega con la serenidad de que la añeja paternidad lo blinda contra los infortunios y algunos pasajes en los que es superado futbolísticamente. Nacional lo sufre desde la semana previa, cuando toma conciencia de que, por más que se lo proponga, casi siempre un extraño sortilegio lo pone en la vereda de los derrotados”.

La palabra de los protagonistas

No existe mejor testimonio que el de los propios protagonistas. Por eso y porque la verdad histórica nos avala, vamos a citar algunos de los principales conceptos vertidos por aquellos que han tenido la suerte de pisar el verde césped.

“La mala suerte que tenemos ante Peñarol”

El 29 de agosto de 1954, Peñarol aplastó a Nacional 4-0 en el Estadio Centenario. Santamaría, un histórico de Nacional y capitán de su equipo en aquel entonces, detallaba la jugada de uno de los goles y soltaba unas palabras que dejan entrever un pensamiento común y generalizado en filas parquenses: “la mala suerte que tenemos contra Peñarol”. Siempre, por un motivo u otro, Nacional termina cediendo ante Peñarol. Si lo comparamos con las expresiones del año 1999, es imposible no ver las semejanzas.

“En los clásicos los de Peñarol tienen algo más”

La frase célebre es autoría de Ruben Sosa, ídolo tricolor, después del nombrado clásico del 4-3 en 1997. Sobran los comentarios.

“Le tienen miedo a Peñarol”

Juan Ramón Carrasco carga desde 1997 con la cruz de su gol a Defensor Sporting. Pero a nosotros no nos interesan sus divisiones internas, simplemente vamos a citar las palabras de Carrasco para el diario “El País” el 16/4/2000. En aquella oportunidad, luego de ser mortificado por la parcialidad alba, JR se sinceró como pocas veces se ha visto: “Me hieren, pero si me pongo a analizarlo fríamente es porque le tienen miedo a Peñarol”.

Antes, había declarado claramente que de Nacional se fue, por no ir para atrás frente a Defensor:

“Un complejo llamado Peñarol”

Roberto Scarone llegaría para dirigir a Nacional a mediados de 1966, época dura para los cuelludos. O como decían en la prensa escrita, “Nacional venía siendo casi eterno perdedor ante el Peñarol”.

En la previa a la definición ante Racing por Copa Libertadores, un medio español logró una entrevista con el entrenador. Ante la pregunta sobre si el experimentado DT notaba un cambio en Nacional desde que asumió el mando hasta ese momento, la respuesta es gráfica por demás. “Ha cambiado, cuando yo agarré a Nacional era un equipo que había que definirlo. Estaba integrado por buenos jugadores pero no actuaban en conjunto. Solo los unía el deseo de ganar. Pero solo el deseo no alcanza para triunfar, más existiendo un complejo llamado Peñarol”.

Dos que jugaron en los dos

Sergio “Manteca” Martínez y Luis Romero tuvieron la suerte de jugar en Peñarol y la desgracia de jugar en Nacional. Esto, sin embargo, los convierte en palabra autorizada para definir el ADN de uno y otro equipo mejor que nadie.

En Peñarol, la exigencia es dejar todo  en cada pelota, entregarse en alma y vida, y no claudicar. En Nacional, el juego de alto vuelo es un elemento determinante. Como diría en algún momento Franklin Morales, “los triunfos de Peñarol emocionan, los de Nacional despiertan admiración”. Es que nosotros, los del club del pueblo, lo vivimos de una forma diferente.

“El paladar futbolístico de jugar en uno u otro es diferente. En Peñarol es meter y en Nacional jugar más al futbol” afirma Romero. Martínez se mantiene en la misma línea, “en Peñarol se vivió más intensamente que en Nacional. La gente te pedía raspar un poquito más”, declararía hace unos meses el goleador en una entrevista concedida al canal TyC Sports.

No existe nada peor que no tener identidad

Se ha hecho un repaso por varios testimonios que determinan la identidad del Club Atlético Peñarol. Para nosotros, elemento fundamental de la gloria cosechada a lo largo de más de un siglo de actividad deportiva y cualidad innegociable. Ésto somos nosotros.

Sin embargo, desde un tiempo hemos sido testigos de una movida marketinera llevada adelante por Nacional, en la cual intentan usurpar varios elementos que históricamente han estado vinculados con el club del pueblo. No solo han intentado (sin éxito pero intentado al fin) autoproclamarse como “decanos”; sino que ahora también se los ha escuchado tímidamente decir “a lo Nacional”.

A ellos, les decimos que nada es peor que no tener identidad propia e intentar imitar la del tradicional rival. Les dejamos, a modo de recordatorio de lo que siempre fueron, algunos testimonios que sirven para contrastar aun mas las diferencias entre el ADN de Peñarol y la forma de entender el futbol de Nacional.

Libro “Gallardo Monumental”

Un libro argentino, dedicado a una figura argentina. En principio, los grandes uruguayos no tendrían nada que ver. Pero uno de los entrevistados para dicha obra es Daniel Enríquez, ex Gerente Deportivo del club de las fusiones, y uno de los encargados del arribo de Marcelo Gallardo al albo.

“El juego de Gallardo encajaba perfecto en el estilo de Nacional. Al hincha de Peñarol le gusta que sus jugadores metan pata, y si ganan en el último minuto y con gol fuera de lugar se pone contento. A nosotros nos gusta ganar jugando bien y con 3 goles, que el 10 sea de calidad. El hincha de Nacional es más exigente”.

Lógicamente, esto no implica que en Peñarol no haya lugar para jugadores talentosos. Incluso sería un gran error pensar que en las conquistas mirasoles no hubo jugadores que se caracterizaran por el buen trato del balón, pero todos ellos supieron identificarse y acoplarse a la identidad de un club donde el sacrificio y la entrega son la premisa.

Libro “El Pistolero”, biografía de Luis Suárez

Esa visión de Enríquez es la misma que tiene el mundo sobre Nacional (quienes lo conocen, que no son muchos), un equipo que no se caracteriza por entregarse en alma y vida, y una hinchada que no lo exige de tal manera. La obra, de hecho, la define como “una hinchada extremadamente exigente, de paladar fino, que no solo quiere ganar sino que quiere ver un juego vistoso. Es capaz de abandonar el estadio en la mitad del partido si aquello que ve en la cancha no la satisface. Apasionados que, al contrario de los de Peñarol, a sus benjamines no le perdonan ni una”.

Anuario 2002, “un clásico ganado a lo Nacional”

Así se define el triunfo de Nacional sobre Peñarol por el Torneo Apertura 2002. El texto no tiene desperdicio:

“Fue y es, sin lugar a dudas, una consagración “a lo Nacional”, en la medida que como contraposición a lo que la historia ha señalado en la mayoría de las ocasiones en torno a las conquistas del tradicional adversario (Peñarol), que casi increíblemente han estado siempre emparentadas con el milagro, las conquistas tricolores han llevado en todos los casos el sello distintivo y jerárquico de la incuestionable superioridad futbolística”.

A lo Peñarol en el día a día

Ha sido un término utilizado especialmente para referir a victorias hazañosas, generalmente en finales o definiciones de torneo. Sin embargo, también es normal verlo en partidos más “cotidianos”, definiendo por tales, aquellos que no necesariamente representan una situación límite o una final.

Por ejemplo, algunos de los que pueden verse a continuación:

Las palabras sobran, la historia ya está escrita. Se podrá intentar desde otras filas, sin éxito y sin vergüenza, imitar una historia que seduce a propios y ajenos; pero no más que eso. No tendrán la misma gloria, no tendrán las mismas hazañas y no tendrán el mismo prestigio internacional. Esto es Peñarol, lo que ellos quieren ser. El club del pueblo, de la rebeldía y de las hazañas. El único grande con identidad propia.